Amados, septiembre 23, 2018. En la madrugada el Señor me comenzó a hablar acerca de que debemos tener todo pecado confeso delante de Él para poder estar listos ante la prueba final. Se me dijo que todo pecado que llega a nuestra memoria del pasado, es aquel que no está debidamente confesado y perdonado. No es sólo pedir perdón, se me instruyó, sino pedir perdón con un corazón contrito y humillado, y con un genuino arrepentimiento, y apartarse de dicho pecado y no mirar atrás. Este es el tiempo de hacerlo se me dijo, el Espíritu Santo, si así lo desean y lo piden, os recordará todos vuestros pecados inconfesos, y tendrán en su mente una escena exacta de dicho momento con detalles para poder darse cuenta de dicho pecado y poder confesarlo como el cielo demanda delante de Dios.
Esta es la obra final que Cristo Jesús está haciendo en el lugar santísimo del santuario celestial, se me dijo. Y es el momento de ponernos a cuentas para que así podamos soportar la hora de prueba. Entonces en ese momento pregunté: Señor, mi mente finita, ¿cómo podrá saber si ya estoy totalmente a cuentas contigo?. Entonces se me dejó saber que, al ser estos pecados perdonados, ya no nos acordaremos más de ellos por gracia y misericordia de su nombre. Entonces en ese momento exclamé: aleluya, bendito Dios, Santo, Santo, porque tus caminos son justos y verdaderos. Entonces se me dijo: recuerda, y comenzó a darme una lista, el Espíritu Santo tocará la puerta, se le debe dejar entrar, Él los convencerá de pecado y de juicio, el obrará en el que lo deje entrar en genuino arrepentimiento, su vida pecaminosa pasará como película ante ustedes para que reconozcan que yo soy Dios y todo lo sé y nada se esconde a mi presencia, aceptar con corazón contrito y humillado la reprensión y confesarlo y apartarse enteramente; sólo así podrán ser aceptados y perdonados y ante el fuego no serán consumidos sino que éste los refinará y así podrán obtener la victoria, pues podré morar en ustedes y serán por siempre mi tesoro especial.
La prueba final ya es venida, me dijo, y mi trabajo es casi terminado, dichoso el que en mí confía, dichoso el que pone la mano en el arado y no vuelve atrás, dichoso el que no teme llamar al pecado por su nombre, dichoso el que es leal ante Dios antes que a los hombres, dichoso el que deja todo lo que el mundo ofrece por el reino de Dios, dichoso el que toma su cruz y me sigue, dichoso el que su único pensamiento es hacer mi voluntad, dichoso el que es maltratado y aborrecido por mi nombre, dichoso el que ama siendo odiado, dichoso el que lucha por el bien hacer con todas sus fuerzas, dichoso el que odia el pecado pero ama al pecador, dichoso el que medita en mi ley, ordenanzas y estatutos, dichoso el que vive ante mi presencia, dichoso el que lleva la palabra de mi paciencia a este mundo aunque éste la rechace, dichoso el perseguido sin causa alguna, pues el que así hiciere heredará el reino de los cielos. Me dijo: haced, pues, esto y viviréis.
Bendito Dios por su amor, ese amor y su fidelidad que no merecemos, que siendo pecadores Cristo murió por cada uno de nosotros. Amados, al despertar yo estaba feliz al saber que un Dios tan infinito y excelso y sublime, es tan grande en misericordia, justicia y amor, y la imparte a cada uno de sus hijos. Bendito, el eterno Dios por siempre. Cuando desperté, amados hermanos, se me dieron tres versículos: Habacuc 2:4, Miqueas 4:8 y Malaquías 4.
Quiera el Señor que cada uno de nosotros podamos ponernos a cuentas con Dios, con un Dios tan bello, tan misericordioso, tan sublime, tan excelso. Un Dios que hace todo y nos dice todo lo que debemos hacer para que podamos estar a cuentas con Él; su amor no lo entendemos, es demasiado de grande. Nuestro corazón se enternece al saber que un Dios tan infinito se compadece de cada uno de nosotros que no lo merecemos, solo su amor y su gracia es la que llega hacia nosotros para que nosotros podamos, si somos, verdad, fieles, seres pensantes, seres racionales, agarrarnos de ese amor y no soltarlo, para así poder pasar la prueba final y estar con Él eternamente, vivir con Él eternamente en la patria celestial. Es mi deseo y oración que cada uno de nosotros pueda llegar allá, podamos ser más que vencedores en Cristo Jesús, no por nosotros, solamente Él en nosotros. Que el Señor me los bendiga.