Amados, esta madrugada 19 de septiembre del 2018. En sueños el Señor me mostró cómo era la sutileza por la cual Satanás implantaba la prevaricación y la iniquidad en nuestras vidas. Vi como en los niños éstas llegaban por juegos supuestamente inocentes, juegos así catalogados por sus padres, y veía como salía una serpiente de dichos juegos y mordían la yugular a nuestros hijos, contaminándolos así con la prevaricación y por último se cosechaba la iniquidad en ellos.
Se me mostró jóvenes adormecidos entregando su libre albedrío, que es la capacidad de decidir, al enemigo de Dios. Levantando ellos en su mente y corazón altares a mamón en lugares donde eran pertenecientes al Rey del cielo. Aberraciones de adicciones carnales eran la orden del día y cada uno de ellos, el altar era mucho más grande y más exaltado a mamón. Estos, como adormecidos quedaban, recogidos en manojos para ser estopa.
También vi, entre los profesos adultos, que no había más piedad que la que caracterizaba a Sodoma y Gomorra. Vi que toda injusticia, por mínima que sea, no será pasada por alto y todo está en el registro eterno. Yo también veía cómo los padres sacrificaban sus hijos a Moloc, entregándolos a este mundo por supuestos beneficios financieros, y se me dijo que esto no sería aceptado y sería condenado. Se me dejó saber que cada hijo cuando tiene la capacidad de decidir ya pasa a ser juzgado personalmente ante Dios, pues su intelecto y capacidad está de tal manera desarrollada que ya sabe y decide cuál es su curso a tomar. Por eso no habrá excusas para el pecado, solo su perdón podrá ser bajo un arrepentimiento total y genuino que produzca frutos de arrepentimiento, se me dijo.
No hay verdadero arrepentimiento sin buenos frutos, me siguió diciendo, pues uno lleva al otro y uno sin el otro es inexistente. También se me hizo unas preguntas: ¿cómo podéis orar por otros, si vuestra casa está desierta? ¿y cómo apelaréis caso ajeno si el vuestro está sin resolver? Mostrad frutos dignos de arrepentimiento y hallaréis perdón para vuestras almas, y entonces vuestro Padre que os ve en secreto recompensará en público, se me dijo.
Vi entonces como adultos se dejaban seducir por pecados sutiles que los llevaban a grandes bajezas, encerrados tras la pared, eran como animales sin raciocinio dejándose llevar por pasiones degradantes y así eran separados de la protección y presencia de Dios. En ese momento, amados, se me dictaron dos palabras que no son nuevas para mí en escucharlas pues la biblia las menciona, estas fueron prevaricación e iniquidad, y se me dieron sus definiciones.
Prevaricación: aquello que nos gusta y acariciamos, y no infringe a la creación severo dolor hasta poco antes de ser estopa, pero crea dolor por la eternidad al Creador.
Iniquidad: es aquello que nos gusta y nos adormece, y carece de arrepentimiento.
Amados, cuando escuché estas palabras, realmente me quedé desconcertada y pregunté al Señor: ¿cuál era la diferencia de las dos si las dos terminaban en la destrucción?. Entonces se me indicó que sí hay una diferencia entre acariciar y adormecer, y se me refirió algo. Se me mostró una culebra, y vi como un hombre la tenía en brazos y éste la acariciaba, pero estaba alerta por la serpiente; pero ésta vino y lo mordió, y éste pasó de estado de alerta a estado de adormecido. Vinieron a socorrerle y vi cómo le ponían un antídoto y éste poco a poco se recuperó, y al tener sus sentidos despiertos, repudió la serpiente y ya no la acarició más, y agradeció a los que le pusieron el antídoto y salvaron su vida.
Entonces yo escuché a los que le pusieron el antídoto decirle: ¿jugarás o acariciarás otra vez la culebra? y él respondió: no, nunca. Entonces se me hizo saber que aunque las dos situaciones llevan a lo mismo, los pasos son diferentes. En ese momento ahí desperté, amados hermanos.
Espero por gracia del Señor que esto cave hondo en nuestras vidas y que podamos darnos cuenta que todas estas cosas que tenemos dentro, necesitamos entregarlas a los pies de la cruz, entregárselas a Cristo Jesús porque Él es el único que nos puede limpiar de toda esta maldad, de toda esta inmundicia para que podamos ser aceptados en Él y podamos vivir con Él eternamente. Que el Señor me los bendiga.