Amados, el 8 de octubre a las 6 de la mañana, el 8 de octubre de 2017. Mientras estábamos en familia haciendo el culto y pidiéndole al Señor por todas estas situaciones que están pasando alrededor del mundo, y nosotros lo que estamos viviendo acá en Puerto Rico. Mientras meditábamos en todo esto y estábamos leyendo la matutina maranatha, que es tremenda matutina para este tiempo, porque especifica todo lo que está pasando ahora mismo.
De repente, ya, como que ya no estaba más ahí en el culto y fui llevada a una llanura cerca de una montaña. Entonces yo me vi que estaba sembrando en cubos y de repente se me mostraron varias montañas y yo veía hombres que construían pequeños barcos en ellas, al ver la montaña tan grande, estos barcos que se construían yo los veía que estaban a un 25, 50 o un 75 por ciento de la altura de las montañas, y eran unas arcas, unos barquitos pequeñitos, y entonces las personas que estaban trabajando en ellos estaban bien afanados porque ellos se veían que estaban haciendo con urgencia ese trabajo. Entonces de repente también me mostraron filas de personas en estas montañas y ellos comenzaron a subir y entraban en las arquitas, en estos barquitos, que ya estaban terminados. Entonces cuando todos entraron, comenzó una terrible tempestad y yo veía como todo se movía fuertemente, no sé cómo de repente ya estaba yo dentro de un arca, y pude ver que habíamos entrado, y que estábamos por familias, más muchas de estas no estaban completas.
Entonces las familias que estábamos ahí, sufríamos porque veíamos que nuestras familias no estaban completas, y entonces comenzó una situación bien triste de sufrimiento dentro de estos barquitos. De repente, comenzó a sentirse el combate de la furia de la tempestad que estaba afuera y todos nos volteábamos en el arca por el movimiento fuerte de lo que estaba pasando afuera. Entonces en un momento dado pensé: vamos a perecer. Pero en ese momento apareció mi acompañante y me dijo: ve y mira con atención. Entonces vi un ángel que estaba en la puerta y custodiaba la entrada de ésta. Entonces también fui llevada al exterior de la pequeña arquita, del pequeño barco, y pude ver como ésta y las otras también eran sacudidas fuertemente, más no podían perecer porque ángeles excelsos de Dios con toda su gloria custodiaban estas arcas, estos pequeños barquitos. Entonces mi acompañante me dijo: sólo un poco, solo un poco y todo pasará. Entonces de repente, cuando termino de decir eso, todo paró y la calma volvió.
Entonces vi las arquitas, estos barquitos comenzaron a abrirse, abrieron sus puertas. Entonces todos salieron corriendo montaña abajo, sus rostros brillaban, ya no reflejaban temor. Entonces se abalanzaron pues a las multitudes y les hablaban, más yo no podía escuchar lo que estaban hablando. Yo sé que unos les contestaban y otros ignoraban, pero los que contestaban comenzaban también a brillar. Esto lo pude ver que era simultáneo en todo lugar de globo terráqueo. Entonces muchos más recibían la brillante paz de Dios en sus rostros. Luego, mientras estaba viendo todo esto y decía: Señor, qué maravilloso, mira como muchas personas están aceptando, y mira como la paz tuya está en el rostro de ellos, y como comienzan a brillar.
De repente alguien dio una señal, pero esta señal no provenía del cielo, era de hombres con oscuridad en sus rostros que comenzaron a perseguir a los que portaban luz en sus rostros. Entonces, a su vez, siguió otra señal, ésta si era proveniente de los excelsos ángeles. Entonces éstos nos dieron la orden de volver a subir a las montañas y cuando me fijé en las montañas, pues ya no existían las arcas, ya no estaban ahí, eran las mismas montañas, pero las arcas ya no estaban. Entonces ahora íbamos monte arriba y ángeles encabezaban la multitud y también la retaguardia. Entonces nos dirigieron a montañas, eran montañas bien escarpadas y fuimos a escondrijos que sólo los ángeles conocían, y allí estábamos reunidos, a pesar de que todo estaba revoltoso, allí éramos sustentados por la oración y la presencia de estos ángeles excelsos.
Entonces pronto las familias se comenzaron a reunir otra vez, pero lamentablemente muchas de las familias estaban incompletas. Entonces comenzaron a sufrir por la pérdida. Entonces el sufrimiento, amados, allí era tal que no se deseaba que Jesús viniese aún para que hubiese tiempo para ellos; eso deseaban las familias que estaban allí, que estaban incompletas. Entonces fui donde un ángel que nos custodiaba y le dije: ¿ya es el fin? -le pregunté-. Y él me dijo: sí, así es. Y le dije: y de los que faltan aquí ¿se perdieron para siempre?. Yo veía muchas familias que conocía, aun mi propia familia, y veíamos que faltaban integrantes de estas familias allí. Entonces por eso yo hice estas preguntas. Entonces me dijo con dolor en sus labios y mirándome triste: así es, ya es el fin. Entonces comencé a llorar, a llorar con llanto bien fuerte, en ese momento me desmayé y él puso su mano sobre mí y me dijo: Él enjugará toda lágrima y el dolor no existirá más.
Entonces mientras estábamos en este sufrimiento tan terrible, escuché un trueno, era como un estruendo bien fuerte y otro y otro, eran truenos que arropaban el globo terráqueo completo. Entonces entendimos lo allí dicho y nos gozábamos de la inminente liberación, afuera en el globo terráqueo todo estaba en conmoción, el tormentoso huracán no tiene fuerza ante tal magnitud de destrucción de lo que allí yo estaba viendo, de lo que se me estaba mostrando. Entonces, no sentíamos que íbamos a perecer, pero sufríamos por los que estaban ante tan gran furor, de lo que allí estaba pasando, en el mundo.
Entonces de repente, mientras todo esto estaba en conmoción, vimos una señal en el cielo, una pequeña nube en la cual el ángel custodio nos dejó saber que era la señal del Hijo de Dios. Entonces nos regocijamos con la noticia, pero sufríamos por nuestros seres que no veíamos allí, que sabíamos que, pues ya era el fin y ya no había oportunidad para ellos, estaban perdidos. Entonces comenzamos a elevarnos y ángeles nos subían a la nube a recibir a nuestro gran Dios. Entonces allí nuestro gran soberano miró nuestro dolor, era un dolor terrible que nos infligía la separación de nuestros seres queridos. Entonces levantó su diestra al cielo y dijo: He aquí yo hago nuevas todas las cosas, venid benditos de mi Padre. Entonces en ese instante, nuestras lágrimas cesaron y todos exclamamos: aleluya, Bendito y Santo Dios. Entonces así nuestras lágrimas ya no existieron más, y fuimos ascendiendo jubilosos a la patria celestial, y ahí ya no se me mostró más.
Ahí ya todo pasó, pero yo alabo y glorifico a mi gran Dios por su promesa y su segura esperanza de salvación. Yo espero por gracia de Dios que todos podamos ir a la patria celestial, aunque se me mostró ahí que muchos vamos a sufrir porque nuestras familias no están completas. Que los que lleguemos allá, seamos salvos por gracia del Señor, y que podamos aceptar este bendito sacrificio de Cristo Jesús para que podamos gozar con Él eternamente. Sean todos bendecidos en Cristo. Que Dios me los bendiga.