Amados, noviembre 1, 2018. En sueños he sido testigo de cómo el mal se entreteje dentro de nuestra mente, y si no luchamos agarrados del Señor contra ésto, éste nos va a adormecer y nos va a vencer. En sueños, yo veía una escuela con muchos salones de clase, cada uno de ellos con su profesor y alumnos, vi como estos alumnos eran enseñados por estos profesores con los principios morales más bajos que nunca hubo antes en nuestra sociedad. Vi que estos profesores no eran cristianos, pues su hablar lo demostraba, y yo observé los estudiantes y éstos se gozaban de sus conversaciones; y vi salir estos estudiantes del salón, estos vivían depravando sus vidas, entre ellos mismos, en todos los sentidos.
Entonces fui en ese momento llevada a otra escuela, esta era adventista; vi los salones también con alumnos y maestros, vi como estos maestros no vivían la norma alta de la verdad, y sus vidas no reflejaban al Cristo crucificado. Entonces vi luego los alumnos, que sin freno alguno eran practicantes de las mismas abominaciones antes descritas; más vi que algo los diferenciaba, estos, los últimos, tenían un manto de piedad en donde envolvían sus abominaciones para que los demás no lo notaran. Mi acompañante me dijo: vamos.
Fui entonces, amados, a un lugar, era una casa grande con dos pisos, muchas habitaciones yo veía allí. Entonces, entré a una de ellas, y vi padres y madres de rodillas, orando y clamando a Dios por sus hijos, y por dirección divina. Luego, éstos puestos de pie, comenzaban con mucho temor y temblor, a caminar hasta sus hijos, y éstos, los hijos, se veían felices y podían escudriñar la palabra de Dios con mucho interés. Vi como en cada cuarto, de aquella casa, muchas familias abrían la palabra de Dios como regla de fe ante sus hijos. Mi corazón se regocijó ante aquellas escenas, y mi acompañante me dijo: observa. Mis ojos se abrieron y pude ver ángeles ministradores alrededor de estas familias, vi como uno de ellos hablaba al oído del padre educador, y éste hablaba transmitiendo a sus hijos la palabra de verdad. Vi ángeles sentados también al lado de los niños, que con alegrías recibían el evangelio de salvación. Yo estaba feliz, amados, de ver tal escena. Entonces, mi acompañante pronto me dijo: es hora, vámonos.
La escena cambió y vi como este mundo se envolvía en densa oscuridad y gran confusión; y vi muchas personas desesperadas por alimento, por saqueos, matanzas, y la tierra temblaba como un borracho por todos lados. El caos, amados, reinaba por todo lugar cuanto yo veía; y vi muchos jóvenes, adolescentes y niños correr junto a sus padres. Y profesores, estos estaban con mucho miedo, con mucha desesperación. Mientras esto pasaba ante mí, yo pude observar algo que llamó mucho mi atención, vi los padres que habían desplegado la palabra de verdad y sus hijos que estaban custodiados por ángeles de luz; éstos caminaban entre las montañas sin ningún temor, los escuchaba cantar, repetir salmos, y paraban para orar, la paz de ellos era grande y sus rostros estaban tranquilos. Entonces yo los vi llegar a chozas muy pequeñas, pero allí se gozaban de haber obedecido el mensaje de verdad, y allí tenían todo lo necesario para vivir, y aunque el caos reinaba por todos lados, ellos alababan a Dios por sus cuidados.
Entonces, mi acompañante me dijo: muy pronto, todo se desquiciará, aún más de lo que ves hoy, y solo una estricta obediencia salvará al real pueblo de Dios; no hay tiempo que perder, apresuraos pues la hora es casi venida, ¿acaso podrá un jugador ganar sin entrenamiento? ¿acaso un corredor llegaría a tiempo a la meta sin haberse ejercitado antes?. Entonces hizo una pausa, y dijo: nadie que no se ejercite ahora en obediencia y práctica, podrá subsistir, la prueba será muy grande y severa, sólo los que estén realmente preparados; sólo, solamente ellos podrán subsistir. Entonces, en ese momento, hizo una pregunta: ¿qué pues necesita el mortal para subsistir?. Me dijo cuatro cosas; alimento, agua, techo y abrigo.
Entonces, en ese momento, mientras escuché estas cuatro cosas que se me mencionaron, vinieron muchas cosas a mi mente, instrucciones que se me habían dado antes, como que debía ser una casa pequeña, un terreno amplio donde pudiéramos sembrar, trabajar en la agricultura, que tuviese agua abundante para nuestro aseo personal, para lo que necesitamos de tomar y para la siembra. Allí, que podamos tener nuestro huerto, sitio donde nadie quiere estar para que no seamos privados de adorar a nuestro Dios, que estén en familia, que no sea una sola familia, sino que sean varias familias, para que una a las otras se apoye y puedan estar caminando juntos en fe, y todas estas cosas se me venían a la mente mientras se me citaron estas tres cosas que necesita el hombre mortal para subsistir. Entonces me siguió diciendo: estar prestos, pues la hora es casi venida, buscad al Señor nuestro Dios grande y poderoso, mientras éste pueda ser hallado, apartaos de los que os adormecen vuestro entendimiento, haced sacrificios ante Jehová y sed leales a su palabra, esto es lo único que garantizará vuestra salvación, la vacilación y el letargo será una condena para el que lo practique.
Yo meditaba en todo esto, amados, cuando de repente hice una pregunta: ¿quién nos salva?. Y contestó: ¿no es Cristo Jesús?, no prestéis oído a espíritus seductores de demonios, pues éstos saben que morirán para siempre; apartaos, apartaos, apartaos -dijo-, id a las montañas, preparaos, el tiempo es casi venido y la preparación ardua, ¿cómo estaréis pretendiendo estar preparados para la apretura cuando ésta venga?, prestad oído al que murió por vosotros y vuestra felicidad será sola a Él, apartaos del que dice: “aún no es tiempo de tal preparación” pues para perdición de ambos es dicho esto, apartaos de la ciudades, apartaos de la apostasía que es abominación a Dios y mutila vuestras almas, apartaos de todo mal proceder en vuestras vidas, vivid en sacrificio de vuestras vidas ante el Eterno y Él os sostendrá.
Entonces, me dijo: recordad a Enoc, Moisés y Elías, recordad a Juan el Bautista y recordad a vuestro Maestro aquí en la tierra, seguid su ejemplo y no toquéis lo inmundo, sólo así podréis ser salvos en la hora de prueba que sobrecogerá al mundo entero. Despertaos de vuestra liviandad y letargo -decía-; dad frutos dignos de arrepentimiento y solo así obtendréis la vida eterna; ayunad, orad y clamad por vuestra santidad, magullad vuestro cuerpo y ponerlo en servidumbre ante el Eterno, pedid con ruego y súplica que el yo muera en vuestras vidas, pues de otra manera no habrá salvación para lo que os avecina, haced esto y viviréis.
Amados, quedé con mi corazón muy emocionado y a la misma vez apretado, al escuchar estas palabras y ver esto que el Señor me mostró, en este sueño. Vale la pena amados hermanos creerle a Dios, vale la pena amados hermanos seguir las instrucciones de Dios, quiera Dios que no haya nada en este mundo que nos ataje, que nos impida, que nos cohíba, de hacer la voluntad de Dios. Que el Señor me los bendiga.