Isaías 20
1 En el año que vino Tartán a Asdod, cuando le envió Sargón rey de Asiria, y peleó contra Asdod y la tomó.
2 En aquel tiempo habló Jehová por Isaías hijo de Amoz, diciendo: Ve, y quita el cilicio de tus lomos, y quita las sandalias de tus pies. Y lo hizo así, andando desnudo y descalzo.
3 Y dijo Jehová: De la manera que anduvo mi siervo Isaías desnudo y descalzo tres años, [por] señal y pronóstico sobre Egipto y sobre Etiopía;
4 así llevará el rey de Asiria a los cautivos de Egipto y a los exiliados de Etiopía, a jóvenes y a viejos, desnudos y descalzos, y con las nalgas descubiertas para vergüenza de Egipto.
5 Y se turbarán y avergonzarán de Etiopía su esperanza, y de Egipto su gloria.
6 Y dirá en aquel día el morador de esta isla: ¡Mirad cuál [es] nuestra esperanza, a dónde acudimos por ayuda para ser libres de la presencia del rey de Asiria! ¿Y cómo escaparemos nosotros?
Profetas y Reyes, Cap 4. "Resultados de la Transgresión"
Entre las causas primarias que indujeron a Salomón a practicar el despilfarro y la opresión, se destacaba el hecho de que no conservó ni fomentó el espíritu de abnegación.
Cuando, al pie del Sinaí, Moisés habló al pueblo de la orden divina: “Hacerme han un santuario, y yo habitaré entre ellos,” la respuesta de los israelitas fué acompañada por dones apropiados. “Y vino todo varón a quien su corazón estimuló, y todo aquel a quien su espíritu le dió voluntad” (Éxodo 25:8; 35:21), y trajeron ofrendas. Fueron necesarios grandes y extensos preparativos para la construcción del santuario; se necesitaban grandes cantidades de materiales preciosos, pero el Señor aceptó tan sólo las ofrendas voluntarias. “De todo varón que la diere de su voluntad, de corazón, tomaréis mi ofrenda” (Éxodo 25:2), fué la orden repetida por Moisés a la congregación. La devoción a Dios y un espíritu de sacrificio eran los primeros requisitos para preparar una morada destinada al Altísimo.
Otra invitación similar, a manifestar abnegación, fué hecha cuando David entregó a Salomón la responsabilidad de construir el templo. David preguntó a la multitud congregada: “¿Y quién quiere hacer hoy ofrenda a Jehová?” 1 Crónicas 29:5. Esta invitación a consagrarse y prestar un servicio voluntario debían recordarla siempre los que tenían algo que ver con la erección del templo.
Para la construcción del tabernáculo en el desierto, ciertos hombres escogidos fueron dotados por Dios de una habilidad y sabiduría especiales. “Y dijo Moisés a los hijos de Israel: Mirad, Jehová ha nombrado a Bezaleel, ... de la tribu de Judá; y lo ha henchido de espíritu de Dios, en sabiduría, en inteligencia, y en ciencia, y en todo artificio... Y ha puesto en su corazón el que pueda enseñar, así él como Aholiab, ... de la tribu de Dan: y los ha henchido de sabiduría de corazón, para que hagan toda obra de artificio, y de invención, y de recamado en jacinto, y en púrpura, y en carmesí, y en lino fino, y en telar; para que hagan toda labor, e inventen todo diseño. Hizo, pues, Bezaleel y Aholiab, y todo hombre sabio de corazón, a quien Jehová dió sabiduría e inteligencia.” Éxodo 35:30-35; 36:1. Los seres celestiales cooperaron con los obreros a quienes Dios mismo había escogido.
Los descendientes de estos obreros heredaron en gran medida los talentos conferidos a sus antepasados. Durante un tiempo, esos hombres de Judá y de Dan permanecieron humildes y abnegados; pero gradual y casi imperceptiblemente, dejaron de estar relacionados con Dios y perdieron su deseo de servirle desinteresadamente. Basándose en su habilidad superior como artesanos, pedían salarios más elevados por sus servicios. En algunos casos les fueron concedidos, pero con mayor frecuencia hallaban empleo entre las naciones circundantes. En lugar del noble espíritu de abnegación que había llenado el corazón de sus ilustres antecesores, albergaron un espíritu de codicia y fueron cada vez más exigentes. A fin de ver complacidos sus deseos egoístas, dedicaron a servir a los reyes paganos la habilidad que Dios les había dado, y sus talentos a la ejecución de obras que deshonraban a su Hacedor.
Entre esos hombres buscó Salomón al artífice maestro que debía dirigir la construcción del templo sobre el monte Moria. Habían sido confiadas al rey especificaciones minuciosas, por escrito, acerca de toda porción de la estructura sagrada; y él podría haber solicitado con fe a Dios que le diese ayudantes consagrados, a quienes se habría dotado de habilidad especial para hacer con exactitud el trabajo requerido. Pero Salomón no percibió esta oportunidad de ejercer la fe en Dios. Solicitó al rey de Tiro “un hombre hábil, que sepa trabajar en oro, y en plata, y en metal, y en hierro, en púrpura, y en grana, y en cárdeno, y que sepa esculpir con los maestros que están conmigo en Judá y en Jerusalem.” 2 Crónicas 2:7.
El rey fenicio contestó enviando a Hiram, “hijo de una mujer de las hijas de Dan, mas su padre fué de Tiro.” 2 Crónicas 2:14. Hiram era por parte de su madre descendiente de Aholiab a quien, centenares de años antes, Dios había dado sabiduría especial para la construcción del tabernáculo.
De manera que se puso a la cabeza de los obreros que trabajaban para Salomón a un hombre cuyos esfuerzos no eran impulsados por un deseo abnegado de servir a Dios, sino que servía al dios de este mundo, Mammón. Los principios del egoísmo estaban entretejidos con las mismas fibras de su ser.
Considerando su habilidad extraordinaria, Hiram exigió un salario elevado. Gradualmente los principios erróneos que él seguía llegaron a ser aceptados por sus asociados. Mientras trabajaban día tras día con él, hacían comparaciones entre el salario que él recibía y el propio, y empezaron a olvidar el carácter santo de su trabajo. Perdieron el espíritu de abnegación, que fué reemplazado por el de codicia. Como resultado pidieron más salario, y éste les fué concedido.
Las influencias funestas así creadas penetraron en todos los ramos del servicio del Señor, y se extendieron por todo el reino. Los altos salarios exigidos y recibidos daban a muchos oportunidad de vivir en el lujo y el despilfarro. Los pobres eran oprimidos por los ricos; casi se perdió el espíritu de altruísmo. En los efectos abarcantes de estas influencias puede encontrarse una de las causas principales de la terrible apostasía en la cual cayó el que se contó una vez entre los más sabios de los mortales.
El agudo contraste entre el espíritu y los motivos del pueblo que había construído el tabernáculo en el desierto y los que impulsaron a quienes erigían el templo de Salomón, encierra una lección de profundo significado. El egoísmo que caracterizó a quienes trabajaban en el templo halla hoy su contraparte en el egoísmo que existe en el mundo. Abunda el espíritu de codicia, que impulsa a buscar los puestos y los sueldos más altos. Muy rara vez se ve el servicio voluntario y la gozosa abnegación manifestada por los que construían el tabernáculo. Pero un espíritu tal es el único que debiera impulsar a quienes siguen a Jesús. Nuestro divino Maestro nos ha dado un ejemplo de cómo deben trabajar sus discípulos. A aquellos a quienes invitó así: “Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres” (Mateo 4:19), no ofreció ninguna suma definida como recompensa por sus servicios. Debían compartir su abnegación y sacrificio.
Al trabajar no debemos hacerlo por el salario que recibimos. El motivo que nos impulsa a trabajar para Dios no debe tener nada que se asemeje al egoísmo. La devoción abnegada y un espíritu de sacrificio han sido siempre y seguirán siendo el primer requisito de un servicio aceptable. Nuestro Señor y Maestro quiere que no haya una sola fibra de egoísmo entretejida con su obra. Debemos dedicar a nuestros esfuerzos el tacto y la habilidad, la exactitud y la sabiduría, que el Dios de perfección exigió de los constructores del tabernáculo terrenal; y sin embargo en todas nuestras labores debemos recordar que los mayores talentos o los servicios más brillantes son aceptables tan sólo cuando el yo se coloca sobre el altar, como un holocausto vivo.
Otra de las desviaciones de los principios correctos que condujeron finalmente a la caída del rey de Israel, se produjo cuando éste cedió a la tentación de atribuirse a sí mismo la gloria que pertenece sólo a Dios.
Desde el día en que fué confiada a Salomón la obra de edificar el templo hasta el momento en que se terminó, su propósito abierto fué “edificar casa al nombre de Jehová Dios de Israel.” 2 Crónicas 6:7. Este propósito lo confesó ampliamente delante de las huestes de Israel congregadas cuando fué dedicado el templo. En su oración el rey reconoció que Jehová había dicho: “Mi nombre estará allí.” 1 Reyes 8:29.
Uno de los pasajes más conmovedores de la oración elevada por Salomón es aquel en que suplica a Dios en favor de los extranjeros que viniesen de países lejanos a aprender más de Aquel cuya fama se había difundido entre las naciones. Dijo el rey: “Porque oirán de tu grande nombre, y de tu mano fuerte, y de tu brazo extendido.” Y elevó esta petición en favor de cada uno de esos adoradores extranjeros: “Tú oirás, ... y harás conforme a todo aquello por lo cual el extranjero hubiere a ti clamado: para que todos los pueblos de la tierra conozcan tu nombre, y te teman, como tu pueblo Israel, y entiendan que tu nombre es invocado sobre esta casa que yo edifiqué.” 1 Reyes 8:42, 43.
Al final del servicio, Salomón había exhortado a Israel a que fuese fiel a Dios, para que, dijo él, “todos los pueblos de la tierra sepan que Jehová es Dios, y que no hay otro.” 1 Reyes 8:60.
Uno mayor que Salomón había diseñado el templo, y en ese diseño se revelaron la sabiduría y la gloria de Dios. Los que no sabían esto admiraban y alababan naturalmente a Salomón como arquitecto y constructor; pero el rey no se atribuyó ningún mérito por la concepción ni por la construcción.
Así sucedió cuando la reina de Seba vino a visitar a Salomón. Habiendo oído hablar de su sabiduría y del magnífico templo que había construído, resolvió “probarle con preguntas” y conocer por su cuenta sus renombradas obras. Acompañada por un séquito de sirvientes y de camellos que llevaban “especias, y oro en grande abundancia, y piedras preciosas,” hizo el largo viaje a Jerusalén. “Y como vino a Salomón, propúsole todo lo que en su corazón tenía.” Conversó con él de los misterios de la naturaleza; y Salomón la instruyó acerca del Dios de la naturaleza, del gran Creador, que mora en lo más alto de los cielos, y lo rige todo. “Salomón le declaró todas sus palabras: ninguna cosa quedó que Salomón no le declarase.” 1 Reyes 10:1-3; 2 Crónicas 9:1, 2.
“Y cuando la reina de Seba vió toda la sabiduría de Salomón, y la casa que había edificado, ... quedóse enajenada.” Reconoció: “Verdad es lo que oí en mi tierra de tus cosas y de tu sabiduría; mas yo no lo creía, hasta que he venido, y mis ojos han visto, que ni aun la mitad fué lo que se me dijo: es mayor tu sabiduría y bien que la fama que yo había oído. Bienaventurados tus varones, dichosos estos tus siervos, que están continuamente delante de ti, y oyen tu sabiduría.” 1 Reyes 10:4-8; 2 Crónicas 9:3-6.
Al llegar al fin de su visita, la reina había sido cabalmente enseñada por Salomón con respecto a la fuente de su sabiduría y prosperidad, y ella se sintió constreñida, no a ensalzar al agente humano, sino a exclamar: “Jehová tu Dios sea bendito, que se agradó de ti para ponerte en el trono de Israel; porque Jehová ha amado siempre a Israel, y te ha puesto por rey, para que hagas derecho y justicia.” 1 Reyes 10:9. Tal era la impresión que Dios quería que recibiesen todos los pueblos. Y cuando “todos los reyes de la tierra procuraban ver el rostro de Salomón, por oír su sabiduría, que Dios había puesto en su corazón” (2 Crónicas 9:23), Salomón honró a Dios durante un tiempo llamándoles la atención al Creador de los cielos y la tierra, gobernante omnisciente del universo.
Si con humildad Salomón hubiese continuado desviando de sí mismo la atención de los hombres para dirigirla hacia Aquel que le había dado sabiduría, riquezas y honores, ¡cuán diferente habría sido su historia! Pero así como la pluma inspirada relata sus virtudes, atestigua también con fidelidad su caída. Elevado al pináculo de la grandeza, y rodeado por los dones de la fortuna, Salomón se dejó marear, perdió el equilibrio y cayó. Constantemente alabado por los hombres del mundo, no pudo a la larga resistir la adulación. La sabiduría que se le había dado para que glorificase al Dador, le llenó de orgullo. Permitió finalmente que los hombres hablasen de él como del ser más digno de alabanza por el esplendor sin parangón del edificio proyectado y erigido para honrar el “nombre de Jehová Dios de Israel.”
Así fué cómo el templo de Jehová llegó a ser conocido entre las naciones como “el templo de Salomón.” El agente humano se atribuyó la gloria que pertenecía a Aquel que “más alto está sobre ellos.” Eclesiastés 5:8. Aun hasta la fecha el templo del cual Salomón declaró: “Tu nombre es invocado sobre esta casa que he edificado yo” (2 Crónicas 6:33), se designa más a menudo como “templo de Salomón,” que como templo de Jehová.
Un hombre no puede manifestar mayor debilidad que la de permitir a los hombres que le tributen honores por los dones que el Cielo le concedió. El verdadero cristiano dará a Dios el primer lugar, el último y el mejor en todo. Ningún motivo ambicioso enfriará su amor hacia Dios, sino que con perseverancia y firmeza honrará a su Padre celestial. Cuando exaltamos fielmente el nombre de Dios, nuestros impulsos están bajo la dirección divina y somos capacitados para desarrollar poder espiritual e intelectual.
Jesús, el divino Maestro, ensalzó siempre el nombre de su Padre celestial. Enseñó a sus discípulos a orar: “Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre.” Mateo 6:9. No debían olvidarse de reconocer: “Tuya es ... la gloria.” Mateo 6:13. Tanto cuidado ponía el gran Médico en desviar la atención de sí mismo a la Fuente de su poder, que la multitud asombrada, “viendo hablar los mudos, los mancos sanos, andar los cojos, y ver los ciegos,” no le glorificó a él, sino que “glorificaron al Dios de Israel.” Mateo 15:31. En la admirable oración que Cristo elevó precisamente antes de su crucifixión, declaró: “Yo te he glorificado en la tierra.” “Glorifica a tu Hijo—rogó,—para que también tu Hijo te glorifique a ti.” “Padre justo, el mundo no te ha conocido, mas yo te he conocido; y éstos han conocido que tú me enviaste; y yo les he manifestado tu nombre, y manifestarélo aún; para que el amor con que me has amado, esté en ellos, y yo en ellos.” Juan 17:4, 1, 25, 26.
“Así dijo Jehová: No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas. Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy Jehová, que hago misericordia, juicio, y justicia en la tierra: porque estas cosas quiero, dice Jehová.” Jeremías 9:23, 24.
“Alabaré yo el nombre de Dios, ...
Ensalzarélo con alabanza.”
“Señor, digno eres de recibir gloria y honra y virtud.”
“Te alabaré, oh Jehová Dios mío, con todo mi corazón;
Y glorificaré tu nombre para siempre.”
“Engrandeced a Jehová conmigo,
Y ensalcemos su nombre a una.” Salmos 69:30; Apocalipsis 4:11; Salmos 86:12; 34:3.
La introducción de principios que apartaban a la gente de un espíritu de sacrificio y la inducían a glorificarse a sí misma, iba acompañada de otra grosera perversión del plan divino para Israel. Dios quería que su pueblo fuese la luz del mundo. De él debía resplandecer la gloria de su ley mientras la revelaba en la práctica de su vida. Para que este designio se cumpliese, había dispuesto que la nación escogida ocupase una posición estratégica entre las naciones de la tierra.
En los tiempos de Salomón, el reino de Israel se extendía desde Hamath en el norte hasta Egipto en el sur, y desde el mar Mediterráneo hasta el río Eufrates. Por este territorio cruzaban muchos caminos naturales para el comercio del mundo, y las caravanas provenientes de tierras lejanas pasaban constantemente en un sentido y en otro. Esto daba a Salomón y a su pueblo oportunidades favorables para revelar a hombres de todas las naciones el carácter del Rey de reyes y para enseñarles a reverenciarle y obedecerle. Este conocimiento debía comunicarse a todo el mundo. Mediante la enseñanza de los sacrificios y ofrendas, Cristo debía ser ensalzado delante de las naciones, para que todos pudiesen vivir.
Puesto a la cabeza de una nación que había sido establecida como faro para las naciones circundantes, Salomón debiera haber usado la sabiduría que Dios le había dado y el poder de su influencia para organizar y dirigir un gran movimiento destinado a iluminar a los que no conocían a Dios ni su verdad. Se habría obtenido así que multitudes obedeciesen los preceptos divinos, Israel habría quedado protegido de los males practicados por los paganos, y el Señor de gloria habría sido honrado en gran manera. Pero Salomón perdió de vista este elevado propósito. No aprovechó sus magníficas oportunidades para iluminar a los que pasaban continuamente por su territorio o se detenían en las ciudades principales.
El espíritu misionero que Dios había implantado en el corazón de Salomón y en el de todos los verdaderos israelitas fué reemplazado por un espíritu de mercantilismo. Las oportunidades ofrecidas por el trato con muchas naciones fueron utilizadas para el engrandecimiento personal. Salomón procuró fortalecer su situación políticamente edificando ciudades fortificadas en las cabeceras de los caminos dedicados al comercio. Cerca de Joppe, reedificó Gezer, que estaba sobre la ruta entre Egipto y Siria; al oeste de Jerusalén, Beth-orón, que dominaba los pasos del camino que conducía desde el corazón de Judea a Gezer y a la costa; Meguido, situada sobre el camino de las caravanas que iban de Damasco a Egipto y de Jerusalén al norte; así como “Tadmor en el desierto” (2 Crónicas 8:4), sobre el camino que seguían las caravanas del Oriente. Todas esas ciudades fueron fortificadas poderosamente. Las ventajas comerciales de una salida en el extremo del mar Rojo fueron desarrolladas por la construcción de “navíos en Ezión-geber, que es junto ... en la ribera del mar Bermejo, en la tierra de Edom.” Adiestrados marineros de Tiro, “con los siervos de Salomón,” tripulaban estos navíos en los viajes “a Ophir,” y sacaban de allí oro y “muy mucha madera de brasil, y piedras preciosas.” 2 Crónicas 8:18; 1 Reyes 9:26, 28; 10:11.
Las rentas del rey y de muchos de sus súbditos aumentaron enormemente, pero ¡a qué costo! Debido a la codicia y a la falta de visión de aquellos a quienes habían sido confiados los oráculos de Dios, las innumerables multitudes que recorrían los caminos fueron dejadas en la ignorancia de cuanto concernía a Jehová.
¡Cuán sorprendente contraste hay entre la conducta de Salomón y la que siguió Cristo cuando estuvo en la tierra! Aunque el Salvador poseía “toda potestad,” nunca hizo uso de ella para engrandecerse a sí mismo. Ningún sueño de conquistas terrenales ni de grandezas mundanales manchó la perfección de su servicio en favor de la humanidad. Dijo: “Las zorras tienen cavernas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del hombre no tiene donde recueste su cabeza.” Mateo 8:20. Los que, respondiendo al llamamiento del momento, hayan comenzado a servir al Artífice maestro, deben estudiar sus métodos. El aprovechaba las oportunidades que encontraba en las grandes arterias de tránsito.
En los intervalos de sus viajes de un lado a otro, Jesús moraba en Capernaúm, que llegó a conocerse como “su ciudad.” Situada sobre un camino que llevaba de Damasco a Jerusalén, así como a Egipto y al Mediterráneo, se prestaba para constituir el centro de la obra que realizaba el Salvador. Por ella pasaban, o se detenían para descansar, personas de muchos países. Allí Jesús se encontraba con habitantes de todas las naciones y de todas las jerarquías, de modo que sus lecciones eran llevadas a otros países y a muchas familias. De esta manera se despertaba el interés en las profecías que anunciaban al Mesías, la atención se dirigía hacia el Salvador, y su misión era presentada al mundo.
En esta época nuestra, las oportunidades para tratar con hombres y mujeres de todas clases y de muchas nacionalidades son aún mayores que en los días de Israel. Las avenidas de tránsito se han multiplicado mil veces.
Como Cristo, los mensajeros del Altísimo deben situarse hoy en esas grandes avenidas, donde pueden encontrarse con las multitudes que pasan de todas partes del mundo. Ocultándose en Dios, como lo hacía él, deben sembrar la semilla del Evangelio, presentar a otros las verdades preciosas de la Santa Escritura, que echarán raíces profundas en las mentes y los corazones y brotarán para vida eterna.
Solemnes son las lecciones que nos enseña el fracaso sufrido por Israel en aquellos años durante los cuales tanto el gobernante como el pueblo se apartaron del alto propósito que habían sido llamados a cumplir. En aquello precisamente en que fueron débiles y fracasaron, el moderno Israel de Dios, los representantes del Cielo que constituyen la verdadera iglesia de Cristo, deben ser fuertes; porque a ellos les incumbe la tarea de terminar la obra confiada a los hombres y de apresurar el día de las recompensas finales. Sin embargo, es necesario hacer frente a las mismas influencias que prevalecieron contra Israel cuando reinaba Salomón. Las fuerzas del enemigo de toda justicia están poderosamente atrincheradas; y sólo por el poder de Dios puede obtenerse la victoria. El conflicto que nos espera exige que ejercitemos un espíritu de abnegación; que desconfiemos de nosotros mismos y dependamos de Dios solo para saber aprovechar sabiamente toda oportunidad de salvar almas. La bendición del Señor acompañará a su iglesia mientras sus miembros avancen unidos, revelando a un mundo postrado en las tinieblas del error la belleza de la santidad según se manifiesta en un espíritu abnegado como el de Cristo, en el ensalzamiento de lo divino más que de lo humano, y sirviendo con amor e incansablemente a aquellos que tanto necesitan las bendiciones del Evangelio.
Amados, mayo 5, 2018. Yo nunca le pongo títulos a los sueños, ni nada, pero en este momento se me vino a la mente, cuando medité en este sueño, le puse las facetas. Porque vi varias facetas de la humanidad descritas en este sueño. Yo estaba en una casa enorme con muchos cuartos, y en ella había cuatro damas. Una de ellas era una bebé, una niña que aproximadamente tenía ocho años, una adolescente, y una mujer que ya podía dar a luz. Me fue mostrada la faceta de cada una en su desarrollo y cómo eran infestadas por el enemigo de las almas. {Daisy Escalante Testimonio: 05-05-2018, p1} {Daisy Escalante: 05-05-2018, es.p1}
Vi como la bebé lloraba, esta bebé lloraba amargamente porque no podía caminar como la de ocho años, y en ese momento también vi como la niña de 8 años peleaba por imitar a la adolescente, y vi como la adolescente envidiaba a la mujer por ésta ser más autónoma y poder dar a luz. Había en ellas una rivalidad terrible y apenas podían salir de sus cuartos sin mostrar sus pleitos de rivalidad. Entonces en ese momento, estando viendo allí, vi que aquella casa era bien grande, pero en este momento entró un hombre alto, que se paseaba por dicha casa, y cada una de las féminas de allí, en sus diferentes facetas, luchaba por llamar su atención al hombre, pero éste se encerró en un cuarto solo y dijo: ninguna está lista para ser mi amada. En ese momento vi como todas esas féminas, en sus diferentes facetas, se enojaron tanto que planeaban echarle, más vi como aquel varón permanecía inamovible en su lugar. {Daisy Escalante Testimonio: 05-05-2018, p2} {Daisy Escalante: 05-05-2018, es.p2}
En ese momento entró una quinta fémina, ésta era una joven, y al entrar en la sala de aquella casa lloraba y decía en voz alta pegándose en su pecho: miserable de mí, miserable de mí. Ella llevaba consigo un libro y comenzó a leer, y mientras lo leía sus lágrimas rodaban por sus mejillas y parecía no tener consuelo. Se me hizo saber las cualidades positivas de esta joven; era tierna como una bebé, era inocente como una niña, era pensante como deben ser los adolescentes, y era una joven que anhelaba saber la verdad en su entera pureza. Ella seguía leyendo el libro y mientras más leía, aún más lloraba y su angustia crecía. En esos momentos cruciales de angustia, vi cómo salió de su cuarto el hombre alto, y llegó a la sala donde estaba esta joven y le preguntó: ¿qué lees?. Entonces ella le contestó: leo el libro de los libros, y me acusa de maldad, pero no logro poder quitármela. A lo que el hombre le contestó: no te preocupes. Le extendió la mano y le dijo: ven conmigo. {Daisy Escalante Testimonio: 05-05-2018, p3} {Daisy Escalante: 05-05-2018, es.p3}
Vi como la llevó cuarto por cuarto y le mostró las cualidades de las otras féminas. La bebé, le dijo, era engreída y posesiva, sólo deseaba su propio placer de salirse con lo que deseaba, y manipulaba con su llanto desenfrenado. Luego la llevó al cuarto de la niña, y le dijo: aparentaba amistad para poder llamar la atención y sentirse importante, más cuando no lo lograba era una fiera enfurecida. Luego la llevó al cuarto de la adolescente, y le dijo: su coquetería era su arma y la usaba para vivir a su antojo sin restricciones. Luego la llevó al cuarto de la mujer, y le dijo lo siguiente: su seducción era tal que no se podía ni mirar por mucho tiempo, su poder seductor, destructor y lisonjero. Dijo el hombre, no hay para ellas lugar en mi reino. {Daisy Escalante Testimonio: 05-05-2018, p4} {Daisy Escalante: 05-05-2018, es.p4}
En ese momento, la joven cayó de rodillas al piso y exclamó: miserable de mí, miserable de mí. Pero en ese momento el caballero la levantó y la guió otra vez a la sala y le dijo: tres cosas; escudriña, internaliza, y vive de acuerdo a ella. En ese momento se retiró el caballero y fue a una esquina de la sala, allí había un zafacón, yo lo vi agacharse y de allí sacó un libro y lo limpió de la basura externa y lo entregó a la joven de la sala. Este le dijo: miserable del hombre que cree llevar su camino derecho más su fin es camino de muerte porque sin profecía el pueblo se desenfrena. Vi el libro, era un Conflicto de los Siglos y lo abrió en la página 572 donde está el capítulo 33, las asechanzas del enemigo. Entonces le dijo: escudriña y pon por obra y obtendrás la corona de la vida. {Daisy Escalante Testimonio: 05-05-2018, p5} {Daisy Escalante: 05-05-2018, es.p5}
Entonces este hombre se retiró, y fue a un librero desorganizado que había en un rincón de aquella sala enorme, y de allí sacó un libro y lo trajo a la joven que no paraba de leer asombrosa el título de aquel capítulo. Le dijo: ¿quieres vivir en una atmósfera celestial? allí todo es canto de júbilo y alabanza por las eternas maravillas que los rodean. Entonces la joven cogió el libro, lo abrió y él le apuntó a una página, y mis ojos se escurrieron a dicha página y cuando miré le estaba apuntando el himno número 92; jamás podrá alguien separarnos. El cantó con ella, este hombre tenía una voz, amados, tan sublime, tan profunda. En esos momentos de profunda inspiración, la sala se llenó de excelsos ángeles, todos formando un armonioso cántico celestial, amados esto fue maravilloso, ver aquella hueste angelical que se gozaba con dicho himno. {Daisy Escalante Testimonio: 05-05-2018, p6} {Daisy Escalante: 05-05-2018, es.p6}
Entonces al terminarlos, este himno tan maravilloso, cuando todos comenzaron a cantar que era tan precioso, eran tantas voces, pero todas en una armonía tan perfecta, cuando comenzaron a cantar aquello fue tremendo amados hermanos, pero cuando terminaron, todos ellos desaparecieron, y sólo quedó el hombre y la joven. {Daisy Escalante Testimonio: 05-05-2018, p7} {Daisy Escalante: 05-05-2018, es.p7}
Entonces allí, este caballero le empezó a dar ordenanzas, y le dijo: lee la biblia y el espíritu de profecía, canta alabanzas del himnario que ya conoces que es el correcto. Ella preguntó: ¿cuál es?, y él le dijo: el himnario antiguo. También le dijo: trabaja arduo en el campo sin murmurar. Le dijo: ora siete veces al día de rodillas, ayuna con frecuencia, observa mis sábados, cada día más, se más celoso de mis sábados, estudia el santuario. También le dijo: no vivas pensando en el futuro pues tuyo es el ahora, has bien a todos aún al que te ultraja, ama a tu Dios sobre todo, y trata a tu prójimo como deseas ser tratada. {Daisy Escalante Testimonio: 05-05-2018, p8} {Daisy Escalante: 05-05-2018, es.p8}
Entonces en esos momentos amados hizo una pausa, y con ternura comenzó a hablar, y le hizo una pregunta: ¿quién salva?. El mismo contestó: ¿acaso no soy yo el que murió en la cruz?. Amados hermanos, entonces le mostró sus manos, sus manos horadadas y sus agujeros en sus pies. En ese momento yo caí ante aquella escena, porque una luz radiante fulguró a través de sus manos y sus pies, y mis rodillas me dejaron, y vi como la joven también cayó a sus pies y le adoró. Él la levantó y le dijo: tu misión no es salvar a nadie, y nadie te podrá salvar, solo sé heraldo de verdad y tu vida servirá para atraer a otros al camino de la salvación. El tomó la biblia y la abrió y le leyó un texto, allí en aquel momento yo miré, era el salmo 6. {Daisy Escalante Testimonio: 05-05-2018, p9} {Daisy Escalante: 05-05-2018, es.p9}
Entonces en eso mi acompañante me dijo: vamos. Salimos y en ese momento fui elevada encima del globo terráqueo, mi vista se agudizó como telescopio, y pude ver que aquella joven representaba lo que estaba pasando simultáneamente alrededor del mundo. Mi acompañante me dijo: y conoceréis la verdad, y esta os hará libres. En ese momento amados desperté, desperté con la certeza maravillosa amados hermanos, que si seguimos al pie de la letra las instrucciones de nuestro Dios, ninguna alma va a perecer, así que amados no nos damos el lujo de no escuchar las instrucciones, las ordenanzas de nuestro Dios, para que podamos ser salvos. Que el Señor me los bendiga. {Daisy Escalante Testimonio: 05-05-2018, p10} {Daisy Escalante: 05-05-2018, es.p10}
Salmos 6
1 «Al Músico principal: en Neginot sobre Seminit: Salmo de David» Oh Jehová, no me reprendas en tu furor, ni me castigues con tu ira.
2 Ten misericordia de mí, oh Jehová, porque yo estoy debilitado; sáname, oh Jehová, porque mis huesos están conmovidos.
3 Mi alma también está muy turbada; y tú, Jehová, ¿hasta cuándo?
4 Vuélvete, oh Jehová, libra mi alma; sálvame por tu misericordia.
5 Porque en la muerte no [hay] memoria de ti; en el sepulcro, ¿quién te alabará?
6 Fatigado estoy de mi gemir; toda la noche hago nadar mi cama [con mis lágrimas], riego mi lecho con mi llanto.
7 Mis ojos están consumidos de sufrir; se han envejecido a causa de todos mis angustiadores.
8 Apartaos de mí, todos los obradores de iniquidad; porque Jehová ha oído la voz de mi lloro.
9 Jehová ha oído mi ruego; ha recibido Jehová mi oración.
10 Sean avergonzados y muy aterrados todos mis enemigos; que se vuelvan [y] súbitamente sean avergonzados.
¡Oh, buen Maestro, despierta!
¡Ve, ruge la tempestad!
¡La gran extensión de los cielos
se llena de oscuridad!
¿No ves que aquí perecemos?
¿Puedes dormir así
cuando el mar agitado nos abre
profundo sepulcro aquí?
Los vientos, las ondas oirán tu voz:
"Haya paz"
Calmas las iras del negro mar;
las luchas del alma las haces cesar,
y así la barquilla do va El Señor
hundirse no puede en el mar traidor.
Doquier se cumpla tu voluntad:
"Haya paz, haya paz"
Tu voz resuena en la inmensidad:
"Paz, haya paz".
Despavorido, oh Maestro,
te busco con ansiedad.
Mi alma angustiada se abate;
arrecia la tempestad.
Pasa el pecado a torrentes
sobre mi frágil ser,
y perezco, perezco, Maestro,
¡oh, quiéreme socorrer!
Los vientos, las ondas oirán tu voz:
"Haya paz"
Calmas las iras del negro mar;
las luchas del alma las haces cesar,
y así la barquilla do va El Señor
hundirse no puede en el mar traidor.
Doquier se cumpla tu voluntad:
"Haya paz, haya paz"
Tu voz resuena en la inmensidad:
"Paz, haya paz".
Vino la calma, Maestro.
Los vientos no rugen ya.
Y sobre el cristal de las aguas
el sol resplandecerá.
Cristo, prolonga esta calma;
no me abandones más;
cruzaré los abismos contigo
al puerto de eterna paz.
Los vientos, las ondas oirán tu voz:
"Haya paz"
Calmas las iras del negro mar;
las luchas del alma las haces cesar,
y así la barquilla do va El Señor
hundirse no puede en el mar traidor.
Doquier se cumpla tu voluntad:
"Haya paz, haya paz"
Tu voz resuena en la inmensidad:
"Paz, haya paz".
Quiero, Jesús, contigo andar,
y en tu servicio trabajar;
dime el secreto de saber
llevar mis cargas con placer.
Haz que mi lengua sepa hablar
sólo el lenguaje del amor,
y al extraviado pueda guiar
hasta el redil de mi Pastor.
Tenme a tu lado, enséñame
a ser paciente, noble y fiel;
que en tus pisadas pueda andar,
y al abatido consolar.
Dame del cielo aquella fe
que en la tormenta ve la luz.
Colme mi alma tu bondad,
y viva siempre con tu paz.